El autismo es un trastorno generalizado del desarrollo. No tiene una forma única y precisa, sino que, en cada persona con autismo, se manifiesta de una manera en especial y por eso se habla del "espectro autista". De acuerdo con algunos especialistas, no hay una base fisiológica que lo determine, pero otros, en cambio, sostienen que tiene origen en un trastorno neurológico.
Cuando aparece, suele manifestarse a partir de los 18 meses de vida del bebé, dependiendo de la identificación temprana y un diagnóstico profesional acertado y precoz.
Distintas manifestaciones
A medida que el niño autista crece, puede desarrollar síntomas diferentes: hay niños que se muestran antisociales, retraídos, mientras que otros son completamente sociables; algunos son agresivos con sí mismos, otros con los demás; algunos de ellos pueden tener trastornos del lenguaje (hablan poco o no hablan, repiten frases o palabras), pero otros tienen capacidades absolutamente normales de lenguaje. Es precisamente por lo amplia que resulta la gama de este trastorno que el diagnóstico, en realidad, se deduce a partir de una serie de características de la conducta.
Fue descripto por primera vez en 1942 por Leo Kanner, un psiquiatra austríaco radicado en Estados Unidos quien usó el término "autismo" en el estudio de un grupo de niños introvertidos y con conductas atípicas de comportamiento social y comunicación. La importancia de esa descripción radicó, precisamente, en aplicar una visión global y general apropiada a la complejidad de este trastorno que, en realidad, es la combinación de una serie de trastornos.
Buscando causales
En los últimos años, las investigaciones han demostrado que la conducta autista puede resultar de una serie de trastornos relacionados pero distintos, como el síndrome de Asperger, el síndrome de la X frágil, el síndrome de Landau-Kleffner, el síndrome de Rett y el síndrome de Williams. Mientras que algunos de ellos tienen un origen biológico, otros aún no han podido ser atribuidos a razones fisiológicas, aunque sí se han estudiado ampliamente sus síntomas.
Durante la infancia, el autismo puede impedir que un niño establezca vínculos con el mundo que lo rodea, en parte -en ciertos casos- por una incapacidad de comprender expresiones faciales o emociones. Desde bebé, el niño autista suele mostrarse reticente al contacto físico (los abrazos, las caricias) y carecer de interés por los demás. Su centro de atención no son los demás, sino la realización de una rutina sólida, y en ocasiones también la repetición sistemática de conductas por lo general extrañas. Suele jugar solo, y en algunos casos comenzar a hablar en forma tardía.
Lo importante es que el autismo puede detectarse cuando el niño es aún un bebé, y que existen tratamientos.